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Esto es lo que soy. Humano.

El neurofisiólogo Fernando Ramos-Argüelles razona sobre la dignidad del ser humano desde un punto de vista científico, tratando de demostrar por qué es merecedor de un trato especial frente al resto de las criaturas.


Lesiones en la parte anterior del lóbulo frontal pueden ocasionar trastornos del comportamiento por falta de emoción o interés por las cosas; lesiones del lóbulo parietal pueden hacer que perdamos la sensibilidad en una extremidad; del tronco encefálico pueden comprometer funciones vitales como la respiración, o llevarnos a un estado de coma. Pero ningún neurólogo o neurofisiólogo le podrá explicar tres aspectos exclusivos del ser humano, que se mantienen aun con lesiones estructurales como las citadas: 

  1. La consciencia de uno mismo:  sé que existo.
  2. La conciencia: sentido del bien y del mal en base a unos valores propios.
  3. La libertad plena: capacidad de elegir casarme con Cristina, y no con Carmen, de ser del Atlético de Madrid, y no del Real Madrid.

Estas tres cualidades se mantienen intactas, en mayor o menor grado, en pacientes que tienen muy limitadas sus capacidades físicas y/o mentales. Incluso cuando aparentemente las han perdido (pacientes en coma) podemos decir que las mantienen en potencia (tuvieron o pueden tener estas facultades, frente a los animales que nunca han podido ni podrán tenerlas).

Con todo ello, se concluye que los científicos no somos capaces de atribuir cuestiones propias del ser humano como la moralidad o libre elección de los actos a un origen puramente orgánico o neuronal; no tenemos ni tendremos nunca una explicación material para ello, más allá de la evidencia de que todas estas cualidades humanas se expresan a través del sistema nervioso central y, por tanto, el cese irreversible de las funciones de este último órgano es lo que llamamos muerte, aun cuando nuestro corazón siga latiendo.

Por tanto, para las principales religiones monoteístas es el alma inmortal, creada por Dios por amor, y que se expresa a través de un medio, que es el sistema nervioso central, el origen de todas estas cualidades y potencias. Para los ateos, o agnósticos, serán cualidades únicas y de valor incalculable, aun no existiendo un origen o causa definida de las mismas. Pero, para los primeros y los segundos, hay algo evidente: el ser humano es especial, es único, es muy diferente al resto de seres vivos, y por tanto merecedor de un cuidado y un respeto absoluto desde el momento mismo de su origen (concepción), hasta el momento mismo del fin irreversible de sus funciones cerebrales (muerte).

Dr. Fernando Ramos-Argüelles
Neurofisiólogo

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