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manos rezando

Vivir en el país de las contradicciones

No entiendo esta España en la que nos ha tocado vivir. Es un verdadero mundo al revés, el país de las contradicciones.

Cuántas veces hemos tenido que soportar furibundos ataques verbales, pintadas, etc. contra la vida del no nacido, el que no se puede defender; y bajo la mal llamada «libertad de expresión» todo vale, convirtiendo en culpable a la víctima de la agresión y enalteciendo al agresor.

Un país que se volcó durante lo más duro de la pandemia, que se indigna ante las listas de ancianos fallecidos en las residencias, pero que en cambio, aplaude una ley de la eutanasia para deshacerse de ellos.

Corazones endurecidos y egoístas que sólo ven lo que quieren o les interesa. Sólo sensibles ante el sensacionalismo de una noticia, pero impasibles ante el sufrimiento ajeno.

Toda vida tiene un amor infinito, desde el primer momento de su concepción hasta el último soplo de aliento.

Pero nos ha tocado vivir en un mundo egoísta y egocéntrico, donde la voluntad, bienestar, del individuo está por encima del bien y del mal, cayendo en una cultura de la muerte donde no hay lugar para todo lo que implica sacrificio de nuestra «comodidad».

Cómo hemos podido llegar a que nos importe más el bienestar de una gallina, que al final nos comeremos, que una vida humana.

Y por desgracia, donde más se hace patente es ante el valor del no nacido. No nos engañemos: existe toda una red de clínicas privadas exclusivamente dedicadas a practicar abortos y subvencionadas con nuestros impuestos. Un negocio que mueve millones de euros al año, que se nutre del dolor y del sufrimiento de mujeres indefensas y asustadas, a quienes se les niega toda información sobre su gestación y escuchar ese pequeño latido a través de una ecografía, no sea cosa que cambien de opinión. Un corazón que ha empezado a latir a partir de la sexta semana.


Si a las mujeres embarazadas se nos volviese el vientre de cristal ninguna abortaría al ver el milagro de la vida.

Recuerdo un testimonio que leí en un libro de María Vallejo-Nágera que decía “si a las mujeres embarazadas se nos volviese el vientre de cristal ninguna abortaría al ver el milagro de la vida”.

Un corazón que late por sí mismo es un ser vivo que va creciendo y madurando, al igual que seguirá haciendo después del parto, y nosotros mismos cada día de nuestra existencia.

Pero dejando el dilema del aborto en sí, nuestros políticos ahora van más allá aprobando una ley para prohibir a los voluntarios provida rezar, incluso en silencio, delante de los abortorios. Voluntarios que no sólo rezan por esas mujeres y sus hijos, sino también por todos los que trabajan allí, para que abran los ojos y se den cuenta del crimen al que les lleva su trabajo. Voluntarios que ayudan a esas madres, sólo si ellas lo desean, dándoles información sobre ayudas que les permitan seguir adelante con su embarazo. Sin coaccionar a nadie, sólo dándoles información que desconocen si la solicitan. Y no sólo eso, sino también a las madres que han decidido seguir adelante. La clínica las da de alta directamente tras el aborto, con unos calmantes y para casa. Pero su cuerpo no es el mismo, ha sufrido una agresión, un desgarro tanto físico como emocional.

Estos voluntarios no juzgan, no reprochan; todo lo contrario. Las acogen y les dan ese abrazo, acompañamiento y cariño que tanto necesitan y, en los casos que sea necesario, ayuda psicológica a través de las distintas ONG Provida, llegando algunas de ellas, una vez superado y siendo conscientes de lo ocurrido, a formar parte de los mismos grupos de oración, testimoniando con su propia experiencia.

Pero esta cultura de la muerte en la que vivimos quiere acallar sus voces, incluso sus oraciones en silencio, y quieren convertir en delito este voluntariado. A este gobierno no le interesa la labor social que realizan los voluntarios, sólo sus propios intereses. Acaban de despenalizar los piquetes de huelga por el bien de los derechos de los trabajadores; somos libres para insultar al prójimo, para no respetar las libertades de culto religioso, sobre todo del cristianismo, pintadas… pero no somos libres para hacer algo tan pacífico como rezar, incluso en silencio, delante de un abortorio, ni por supuesto de prestar ayuda a las madres. Nuestro derecho a la Libertad de expresión no existe.

Dicha ley amenaza con penas de prisión de 3 meses a 1 año, o trabajos en beneficio de la comunidad de treinta y uno a ochenta días. No sé qué opinarán, pero yo al menos pienso que la labor que hacen, ya en sí misma es en beneficio de la comunidad.

Además según dicta la proposición de Ley “atendidas la gravedad, las circunstancias personales del autor y las concurrentes en la realización del hecho” …“en la persecución de los hechos descritos en este artículo no será necesaria la denuncia de la persona agraviada ni de su representación legal.”

Lo cual se traduce en, hay conductas que si las comete una persona son delito, pero, en cambio, si las comete otra no lo son.

Como decía al principio, el mundo al revés. La política de nuestro país se convierte cada vez más una dictadura bananera y no en la democracia que nos quieren hacer creer. Con leyes a la carta según les plazca.

¿No les parece que, con todo lo que vivimos en el día a día, lo que necesitamos son menos políticos y más voluntarios, en todas las labores que desarrollan en distintos ámbitos; héroes que dan su tiempo, esfuerzo, recursos… y sobre todo oraciones por la vida y el bienestar de tantas madres y tantas familias?

Bravo a todos esos valientes, que nada ni nadie les calle, y que Dios los bendiga.

Margalida Duràn 

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