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Testimonio de Aina, una madre valiente

La Asociación BalearesVida trae hoy el testimonio de Aina, una madre valiente. Su testimonio, sincero, profundo y desgarrador es sin embargo un canto a la vida, una muestra de que el amor, la fe y el coraje son herramientas poderosísimas para vencer al desánimo y luchar a contracorriente.

La vida de Aina, como la de tantas y tantas madres, es un ejemplo de superación. Hay muchas otras que, como ella, pasan por calvarios y a veces no pueden soportar la presión; pero muchas también lo logran. Calladamente, en silencio, con esa abnegación que hace que saquen fuerzas de donde ni sabían que tenían. Mujeres, madres, heroínas, luchadoras.

Aina ha tenido el coraje de, además, revivir el dolor para sacar de él un bien. Ha tenido el valor de contárnoslo para que sirva de ayuda a otras mujeres que se encuentren en su situación. Le agradecemos enormemente su esfuerzo, y deseamos de corazón que su testimonio sirva para que podamos salvar muchas más vidas.


A continuación os presentamos también la versión escrita del testimonio, por si queréis compartirla, imprimirla o reenviarla. La versión oral (el vídeo) no coincide exactamente con lo escrito, pues el testimonio se grabó de forma natural, sin ceñirse al guion, así que puede que haya detalles que estén en un sitio pero no en el otro y viceversa.

Introducción

Me entrego a la voluntad del Señor, y le pido su presencia en este testimonio donde voy a contar cómo gracias a la fuerza y el poder de Dios nació mi hijo David, que ahora tiene 27 años, en las peores circunstancias que he tenido en mi vida y para poder ayudar aunque sea sólo a una madre con dudas de abortar, para demostrarle que con la ayuda de Dios todo se puede, y que Dios es el amor que todos anhelamos y el único perfecto en nuestra alma.

Antecedentes personales

Me llamo Aina, tengo 49 años y tengo tres hijos, más otros dos hijos entre el segundo y el tercero que no llegaron a ver la luz sino que, por abortos naturales, fueron directos al Cielo. Estuve casada 2 meses con el padre de mi primer hijo y me dieron la nulidad. Actualmente espero mi segunda nulidad eclesiástica con el padre de mis dos hijos menores. Doy clases de religión católica en 2 colegios públicos y tengo una empresa de eventos.

Nací en una familia católica donde se cumplían las leyes de Dios: bendición de la mesa, rezos por la noche y domingos de misa, pero sin salirse de lo estrictamente correcto. Y como yo de niña ya era muy apasionada, pues cuando le rezaba a Dios y a la Virgen, ya me arrodillaba juntando mis manitas y tenía una relación especial con él, mantenía largas conversaciones y tenía una fe innata de la que nunca dudé. Ya me interesaba mucho el sentido de la Vida, y recuerdo desde muy pequeña buscarle, mirar las estrellas y alargar mi mano para ver si podía sentir un pequeño roce; sentía que Dios era el más importante del mundo y le pedía si quería ser mi mejor amigo. De hecho, recuerdo una anécdota en el parvulario que jamás olvidé. Tenía 5 años. Me tocó la lectura de la rana que hace «¡croac croac!» y yo no lo sabía pronunciar bien, decía «¡coac!», sin la «r». Me llevé la cartilla a casa para practicar. Y se lo pedí a Él: «porfi, porfi, Diosito, necesito que mañana me ayudes a pronunciar bien el «croac», para no volver a ver a mis compis reírse de mí». Y sucedió, todo fue perfecto y me sentí inmensamente feliz.

Mi infancia se desarrolló con muchas carencias afectivas. Mi padre es un ser maravilloso —ahora tiene Alzheimer—, y siempre me ha querido mucho, pero no sabía demostrarlo con afecto ni con palabras bonitas. Cuando tenía que decirme algo importante, me escribía una carta. Siempre me dio muy buenos consejos. De él heredé el amor por la lectura y la pasión por la enseñanza escolar, el buen humor y la templanza. Pero no fue un padre que daba cariño con contacto físico, sino más bien intelectual.

Mi madre siempre me exigió mucho, me hizo aprender desde muy pequeña a cocinar, a limpiar, planchar y coser, también música, pues es profesora de piano, pero no lo hacía con cariño y dulzura y a mí me faltaron mucho sus besos y sus abrazos, que no recuerdo haber recibido. Yo siempre fui muy sensible y sentimental. Recuerdo sentirme muy sola físicamente, pero también recuerdo cartas que me escribía a mí misma donde Dios me decía que algún día se cumplirían mis sueños y que me quería. Con mi ángel de la guarda también me sentía cuidada.

Mis padres discutían mucho. Y mi adolescencia fue verdaderamente difícil. Empecé a trabajar a los 16 años para ser independiente y soñaba con un príncipe azul que me rescatara de aquel hogar y construyésemos juntos nuestra propia familia, que tuviésemos 10 o 12 hijos, a los que si algo no les iba a faltar era cariño.

A los 17 años conocí a Pepe. Vivimos en aquel entonces un breve año de amor muy bonito. Él sería, 10 años más tarde —yo aún no lo sabía— mi segundo marido. Pero antes de eso llegó mi primer matrimonio.

Matrimonio

Cuando yo tenía 20 años conocí al que creí que sería mi príncipe azul. Era muy guapo, apuesto, educado y muy detallista. Estábamos tan enamorados que nos íbamos los fines de semana a un apartamento que tenía mi madre, con la excusa de yo quería enseñar a mi novio a cocinar. Mi madre rápidamente se dio cuenta que esto iba cada día a más y me dijo que o me casaba con él por la Iglesia o no nos dejaba más el apartamento, así que tomamos esa decisión únicamente para poder seguir haciendo vida de pareja. Llevábamos 8 meses cuando nos casamos. Los dos trabajábamos y ganábamos bien, así que nos construimos un chaletito en Llucmajor. Tengo que reconocer que justo antes de llegar a la Iglesia de San Francisco tuve dudas. Pero no tenía recursos emocionales para echar atrás toda la situación, ni la suficiente formación religiosa para discernir que ese matrimonio no tenía ningún futuro. Así que nos casamos de una forma muy superficial e inconsciente.

Nos fuimos de viaje de novios a un crucero por Egipto. Durante este viaje comenzaron las disputas: empezó a echarme en cara si llevaba una falda demasiado corta, si iba maquillada…, cuestiones que no habían salido en ningún momento durante el noviazgo. Y el príncipe azul se volvió rana.

El último día, de vuelta a España, en el autocar con el grupo, habíamos tenido un pequeño enfado y él se había sentado atrás del todo, solo. Por el camino, me acerqué a hablar con él y entonces me dio un cabezazo en el ojo, así sin más. Le pedí al conductor que parara para echarme agua fría. Y él me dijo que diríamos a todos que había sido por un frenazo y que me había golpeado con el cenicero del asiento de delante. Yo estaba en shock. ¿Cómo iba a contarle a nadie que volvía con un ojo morado del viaje de novios, sabiendo que había sido provocado con toda intención?

Así que llegamos a casa. Cuando visitamos a su madre y nos quedamos solas, ella me preguntó si me lo había hecho su hijo. Le dije que sí. Me contó entonces que a su novia anterior también la había maltratado. Su madre dejó de hablar a su propio hijo durante un tiempo. Yo ya le empecé a coger miedo, y no me atreví a contárselo a nadie.

Embarazo

Poco después tuve la primera falta. Llamé a la ginecóloga y me dijo que fuese a las 16:00 y me daría una pastilla para que me bajase la menstruación (ahora sé que era una pastilla abortiva). La médico ni siquiera me preguntó si, en caso de que esa falta fuera a causa de un embarazo, querría tener al bebé.

Yo sentía una voz interna que me decía que me hiciera un test de embarazo, y así lo hice. La farmacia cerraba a las 13:30 h, y yo llegué tarde, a las 13:45 h, pero me habían estado esperando. El resultado era positivo. Dos horas más tarde hubiera abortado sin haberlo decidido.

Ahora tenía una noticia que dar en unas circunstancias difíciles, donde no veía un futuro feliz con mi hijo y su padre, pero en ningún momento me planteé abortar. Desde niña había amado la vida, y creía firmemente que era nuestro Padre Dios quien nos daba ese don. Enseguida Le di las gracias por haberme enviado un hijo, aunque sabía que nadie iba a recibir bien esa noticia.

Cuando se lo comenté a mi pareja, me dijo que abortase, que no era momento de tener hijos, que teníamos muchos gastos con la hipoteca y que además a él nadie le iba a quitar su libertad. Cuando se lo comenté a su madre, se puso contenta. Luego fui a contárselo a la mía. Mi madre estaba triste porque mi hermana, 5 años mayor que yo, había sufrido un aborto

espontáneo porque no le agarraba bien, así que acogió la noticia con poca o ninguna alegría.

Así que ahí estaba yo, sola, en un camino hacia la maternidad y sin ningún apoyo.

Soledad

Mi pareja empezó a trasnochar. Y en las fiestas o cenas que nos invitaban a ambos, me decía que yo no podía ir porque sería un estorbo estando embarazada, que me querría ir antes y cosas similares. Así que exploté y le dije que yo quería seguir igual, haciendo la misma vida que antes.

Por entonces yo trabajaba de decoradora en una tienda de muebles, con él. Me despidieron, y supuse que él estaba detrás de esto. Él no estaba conforme con que yo siguiera adelante con el embarazo, así que me hacía sentir que ya se había acabado todo para mí. Yo estaba embarazada de 2 meses y medio.

Llegó un mediodía a casa, curiosamente un 8 de marzo, día internacional de la mujer, en contra del maltrato. Me dijo que quería divorciarse, pero no sin antes darme una paliza. Así que acabé en el suelo, ya tenía doloridas las muñecas, y sentí hasta patadas en mi vientre, como si quisiera acabar con su vida. Yo no puedo explicar cómo me sentía. Estaba en blanco, pensando que podía morir allí mismo, o que iba a perder a mi querido hijo. Y fue cuando de repente sentí una fuerza que no venía de mí, que fue mi voz y mi fuerza y le dije: este hijo es de Dios y a él no le va a pasar nada. Y así fue.

Fui al hospital con varias contusiones y un esguince de muñeca, pero mi hijo estaba a salvo. Tras la separación volví a casa de mis padres. Mi madre no se tomó muy bien la situación, y yo me encontraba muy sola. A los 5 meses ya sabía que era un niño. Empecé a buscar trabajo para poder comprarle cositas a mi bebé. Me puse a trabajar en una casa, cuidando a dos niños, cocinando y limpiando. Cuando estaba de 7 meses, tuve una amenaza de parto por el esfuerzo físico que estaba haciendo e ingresé una semana en el hospital, constantemente monitorizada. Me recuperé, pero me recomendaron reposo.

El padre de mi hijo durante mi embarazo no se preocupó en absoluto de mí. Salía con diferentes mujeres y, poco antes de yo dar a luz, empezó a salir con una amiga mía, la que me había acompañado durante todo ese tiempo de embarazo.

Nacimiento de David

Llegó el 15 de octubre. Llamé al padre de mi hijo. Vino a buscarme y me llevó al hospital. Allí me dijeron que todavía no había dilatado suficiente, que me fuera a casa. El padre de mi hijo me llevó a casa de mi madre, pero yo no quería ir así que me dejó en medio de la calle, diciéndome que los dolores los aguantase mi madre.

A la 1:30 de la mañana cogí mi coche y me fui sola a tenerlo. No tenía buena relación con mi madre. Aún así ella apareció poco después en el hospital.

Reconstrucción

Mi hijo nació en un parto natural. Ahora tiene 27 años, trabaja conmigo y es un chico muy noble, muy honesto y una maravilla de persona. De pequeño pasamos muchas dificultades económicas. Había semanas que comíamos sándwich cada día. Yo me había comprado una casa, pero trabajaba en 3 sitios para mantenerla. Su padre lo vino a ver al día siguiente. Hasta el día de hoy apenas han tenido relación. Mi hijo David fue un niño nacido con todo mi deseo, me dio un amor tan fuerte que todo era poco importante al compararlo con nuestra relación. Fue mi mejor compañero, por el que luché con las fuerzas de Dios y pese a que no fue fácil, fui siempre muy feliz con él.

Cuando David tenía 7 años me reencontré con Pepe, mi primer amor de los 17 años. Dos años más tarde me casé con él y hemos estado 18 años juntos. Tenemos 2 hijos maravillosos, que tienen 18 y 13 años. Ha sido un matrimonio en el que me he sentido muy sola en la maternidad y con mucha carencia afectiva. Un matrimonio donde yo vivía la fe sola con mis hijos. Siempre faltó Dios entre nosotros. Y ahora comprendo que por eso también fracasó. Hace más de 2 años que nos separamos y ahora espero la nulidad eclesiástica.

Renacimiento espiritual

Hace 3 años que hice un retiro de Emaús, y allí tuve una experiencia muy fuerte con Dios. Desde mi separación matrimonial, me puse a la voluntad del Señor, sentí una conversión muy fuerte que me llevó a querer vivir la misa a diario, realizar peregrinaciones a Medjugorje y aprender a orar, conocer la Biblia, adorar al Santísimo y empecé a entender que el único que puede llenar nuestro corazón y hacernos verdaderamente felices es nuestro Padre Dios y nuestra Madre La Virgen María. Me ha costado casi 50 años entenderlo y soy inmensamente feliz cuando estoy en su presencia, cuando rezo y cuando siento la paz que me regala al cumplir su voluntad. Cuando me hago la sorda y me escucho a mí o al mundo, me pierdo de nuevo, pero Él siempre está allí para volverme a levantar y danzar de nuevo juntos entre la Tierra y el Cielo. Le amo por encima de todo y encontrarme con Él ha sido lo mejor que me ha pasado nunca y el verdadero sentido de mi vida.

Presente y futuro

De lo que estoy más agradecida es de vivir día a día con mis 3 chicos: David, Pepe y Cayetano. Dios me dio el don de ser madre y soy muy feliz de serlo y poder cuidar de ellos. Orar por ellos me reconforta. Soy muy feliz de sentirme Sierva de Dios, de leer las lecturas en Misa y de cantarle y alabarle. Le doy gracias por todo lo que me da y por lo que no me da. Si le tenemos a Él lo tenemos todo. Él siempre estuvo a mi lado y ahora lo reconozco en cada situación difícil que tuve, especialmente en ese primer embarazo, donde me dio la fuerza de una guerrera que decidió tener un hijo sola y sin recursos económicos, pero su presencia llenó de luz la oscuridad y es que tener un hijo es la mayor bendición de Dios. A vosotras, mujercitas, hijas de Dios, os dedico mi testimonio, para que No tengáis ninguna duda de que si esperáis un bebé es por voluntad de Dios. Él os ayudará. Sólo CONFIAD EN EL.

Gloria a Dios.

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